Desde hace tiempo, hablar de teatro en singular implica desconocer las múltiples facetas que se están desarrollando con personalidad propia dentro del campo de realización del arte escénico. Ya no se limita a los géneros tradicionales (drama, comedia, tragedia, musical y demás), sino a la aparición de nuevas identidades que aportan a un universo cada vez más amplio.
Así como el domingo concluyó el festival Mujeres a Escena, realizado desde Tucumán y organizado por Sala Ross, hay otras propuestas que suman en el sentido de presentar un abanico desplegado, en el que cada varilla se une a un mismo punto central. Uno de los motores de esas búsquedas es el Instituto Nacional de Teatro, desde donde se impulsan diferentes convocatorias, como el proyecto “En bruto” orientado a los jóvenes (ver “Concurso...”) o los llamados relacionados con las disidencias sexuales (desde mañana se emitirán por YouTube 22 micromonólogos con obras sobre el colectivo LGBTIQ+) o a actividades performáticas en entornos virtuales, que responde a la irrupción de las experiencias on line en pandemia.
Precisamente, lo virtual permitió el acceso a realizaciones y debates internacionales que la presencialidad dificultaba por los costos de traslados, viáticos y demás gastos. La experiencia del Mujeres a Escena es una demostración al respecto, con obras de ocho países, y una participación especial y muy relevante de Colombia.
Kamila Robayo es dramaturga, actriz y directora de Cali, desde donde presentó la obra “Hocico inerte” en este reciente encuentro junto a Yaury Viera, con quien lidera el colectivo A Pata Limpia. Su trabajo reúne la mirada femenina sobre los conflictos sociales (la violencia urbana en esta obra) con “la visibilización de comunidades estigmatizadas para darle voz a aquellos que han sido marginalizados por una sociedad ajena a sus conflictos”, le dice a LA GACETA, para aportar otro recorte a lo que se está haciendo.
Dentro del debate teatral contemporáneo, los sistemas de producción y los espacios de realización escénica son aspectos clave. Acorde con su propuesta, su grupo “lleva esas narrativas a lugares en donde normalmente no llegan, barrios populares y relegados donde no existe la cultura teatral”.
La polémica sobre las diferencias entre el teatro presencial u on line se inscribe en lo referido al soporte desde donde el público se apropia de la obra. “Me ha costado algo adaptarme a la teatralidad virtual, pero nos ha permitido estar más cerca, ha facilitado enormemente nuestras posibilidades. El arte corresponde a las necesidades de su época, como decía Antonin Artaud, y somos afortunados de contar con innumerables plataformas para seguir conectados, creando y visibilizando procesos artísticos y culturales”, reconoce.
En tiempos de reapertura de salas, surge un nuevo interrogante: la posibilidad de que sean rentables económicamente a partir de las restricciones de aforo: “algunos teatros caleños están abiertos y retomando de a poco sus repertorios, pero para un colectivo independiente es difícil pensar en una función, porque son espacios pequeños y con capacidad restringida al 50%. Nunca hemos buscado enriquecernos, pero tener una función hoy es casi perder más de lo que se gana. Es mejor ir a la calle o hacer teatro en una iglesia para 500 personas como tuvimos, antes que en una sala”.
Lo femenino
Acerca del eje de la convocatoria al festival, Robayo remarca la importancia de que lo femenino “se destaque en el escenario y empodere su voz y a sus representantes”. “Hace unos años, un grupo de teatristas nos unimos para crear Fedra, el primer festival de dramaturgia femenina en Cali y tuvimos la oportunidad de indagar sobre la mujer y cómo se ha transformado a lo largo de la historia. Nuestras dramaturgias, desde lo corporal, lo narrativo, lo visual, lo performático, etcétera, están permeadas por nuestra identidad, y ella -a su vez- por cómo nos relacionamos con el mundo y sus comunidades. Es inherente a las mujeres darle una perspectiva que difiere en su sensibilidad de lo masculino; no porque sea más o menos, simplemente porque evoca otros sentires, otros conflictos y otras formas de representación”, añade.
“Las mujeres nos enfrentamos a limitaciones sociales evidentemente machistas a lo largo de la historia, no porque el teatro en sí lo sea, sino porque los pensamientos femeninos hace 100 o 50 años eran diferentes. Hace falta que nosotras comencemos a escribir nuestra lucha, como se está haciendo. Algunas personas siguen creyendo que el feminismo está sobrevalorado, lo cual es sumamente triste y decepcionante; siguen existiendo muchísimas desigualdades e inequidades, hay mujeres y niñas vulneradas, silenciadas y relegadas. Es una lucha que no terminará jamás, pero cada día será menos difícil de librar”, afirma.
En el conjunto de las experiencias en Colombia, se reedita el vínculo entre lo artístico y el movimiento social en este momento de extrema agitación, otro rostro de la práctica teatral. “Cali es el epicentro del paro nacional. Hemos realizado acciones poéticas en las calles, que es el lugar desde el que mejor sabemos resistir los artistas. Es esperanzador ver que hay tantas personas en la calle, que se está interesando por temas que antes eran opacados por la novela de las ocho o el fútbol. Todavía nos falta mucho como sociedad, como más empatía y una noción colectiva más desarrollada, pero ha sido un despertar. Me alegra formar parte de un momento histórico en mi país, en donde comenzamos a ver con claridad la posibilidad real de tener una soberanía popular”, concluye.